Los laboratorios de la cultura

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El culturalismo se olvida de la condición plural de la red social y se centra con morbosa obsesión en las condiciones que le son propias a ciertos segmentos de la población. Típicamente su abordaje es reivindicador de derechos, apelando con mucha frecuencia a la reescritura de la historia de dichas comunidades marginales; resultará claro para cualquier persona con dos dedos de frente que estas son luchas que deben realizarse en los campos de la política y la reflexión, entre las que no debe excluirse, faltaría más, las de corte académico; sin embargo, este esfuerzo, esta insurrección cultural impone, debido a su naturaleza combativa, un mundo escindido entre los que apoyan su causa y los que abiertamente se le oponen, o incluso los que deciden simplemente mirar hacia otro lado. Son neorrománticos y llevan trufado en la mente el ideal revolucionario del siglo XIX. Su idealismo los moviliza hacia los territorios de una tentación muy común entre los vehementes: la tabula rasa. No es casualidad que uno de sus más grandes afluentes sea precisamente el marxismo.

La ilusión desesperada de prenderle fuego a todo para empezar de cero ha enloquecido a no pocas mentes brillantes.

Debo decir que las ideas de estos movimientos académicos y políticos resultan ser muy atractivas porque sus denuncias son auténticas: ponen el dedo en la llaga y señalan los vicios de la sociedad actual, depositaria de una historia en las que la ambición ha encarnado en las formas más abominables del prejuicio. Yo mismo me siento parcialmente de acuerdo con ellos y no pocos de mis amigos han dedicado muchos años de su vida profesional a indagar con seriedad en los mecanismos de dominación y control ejercidos por la hegemonía económica y política. No me siento en modo alguno un detractor sino alguien que busca llegar más allá; no deseo destruir el legado intelectual que sin duda alguna ellos han creado, sino pararme en dicho promontorio para señalar un rumbo que nos lleve más allá, siempre más allá. Es perentorio trascender un estado meramente analítico y entrar con decisión en una zona de acción trascendente. La inmovilidad de la repetición es, que no se nos olvide, una de las principales características del conservadurismo.

Por principio de cuentas es necesario reconocer que debemos todos juntos derribar los muros del campus universitario. La universidad es para la sociedad y no al revés; si tenemos un sueldo es porque nuestro deber como investigadores es generar un conocimiento que no sea el resultado de un mero juego dialéctico que tiende al infinito, sino un mecanismo concreto de solución de problemas. La inmanencia en el trabajo intelectual es un cáncer que ha truncado no pocas carreras académicas y que ha amargado muchas, muchísimas vidas. Somos gregarios y nuestro destino es compartir el pan y las ideas.

Si hasta el día de hoy hemos descrito cómo grandes estratos culturales han padecido injusticias terribles, nuestra misión de hoy en adelante debe ser la de encontrar una vía de solución que no implique, en ninguna circunstancia, una mera acción política sin implicación ninguna del corazón. Sin el amor que solo los humanos podemos sentir por los humanos es imposible que las disputas concluyan en la paz de la reconciliación. Imaginar que el futuro de la humanidad pasa por la victoria de unos y la derrota de otros es, a estas alturas de la historia, una auténtica obscenidad que solo puede ser enunciada desde la idiotez o el cinismo.

La diferencia propende a la ruptura. Donde todo es diferente no hay nada que se pueda decir, nada que se pueda comparar, nada que se pueda comunicar: la diferencia condena a la ignorancia. Pongamos por ejemplo el mundo nuevo de los conquistadores europeos. Esta gente había llegado a un sitio en el que había cosas nunca vistas; ante la novísima realidad, los exploradores se quedaron literalmente sin palabras, por lo que tuvieron que echar mano de una vieja aliada del conocimiento humano: la metáfora. Fue este tropo literario el que les sirvió del que echaron mano los cronistas para poder poner por escrito lo que atestiguaban en sus andanzas por el nuevo mundo.

Yo creo que es fundamental que las personas posean una voluntad de entendimiento. Sin una actitud de encuentro es prácticamente imposible el diálogo; no hace mucho leía en un blog ¾uno de esos millones de blogs que existen en internet¾ a un escritor que se lanzaba en contra del diálogo por considerarlo una “trampa liberal” que suponía la igualdad. Quiero entender que en su visión del mundo la sociedad está constituida por estamentos o escalafones necesariamente diferenciados verticalmente, lo que imposibilita cualquier tipo de contacto dialógico entre los miembros de niveles no idénticos. En otras palabras, el escritor creía que el destino de la sociedad no es el diálogo sino el combate y, supongo, solo supongo, que él se asumía como uno de los héroes intelectuales de las clases económica e intelectualmente marginadas. Si no se es un nihilista, renunciar al diálogo es, por fuerza, querer combatir.

Ya habrá quedado claro que mi apuesta es dialógica. Creo en ello y lo encarno; soy un mestizo migrante y por mi condición estoy llamado al contraste de mi cultura, que no he considerado jamás un elemento de identidad, sino un estricto instrumento de vuelo. No hay actitud más éticamente reprobable que la de aquel que se ve en su cultura como en un espejo y piensa que está determinado por ella para vivir de tal o cual modo. Este es el principio de todas las desgracias humanas: el nacionalismo, la discriminación, el orgullo, la xenofobia, el desprecio de una vanidad colectiva. Lo que me mueve es encontrar similitudes, zonas de contacto y traslape con otras personas, gente que comparte conmigo el carácter universal de la humanidad. No hay nada en ellos, por distintas que sean sus “prácticas culturales”, que no pueda comprender si existe en mí la voluntad de romper los límites que me impone una política de etiquetas fomentada con gran entusiasmo por un amplio sector de la academia. El problema de las identidades es que son máscaras que terminan confundiéndose con la carne, terminan devorando a la persona. La cultura es un signo que apunta hacia un estadio que se encuentra fuera del encuadre presente; no es la persona, no puede serlo de la misma manera que yo no soy simplemente mis vísceras. Una hermenéutica de la cultura debe por fuerza ser humilde, tener los pies bien plantados en la tierra y debe evitar, sobre todo, confundir la luz con la fuente que la produce.

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