Fat Studies

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Pocos términos han sido tan utilizados en el ambiente académico durante los últimos años (¿décadas?) como el de “cultura”. Con este vocablo ha sucedido lo que con tantos otros conceptos que queriendo decirlo todo terminan por no decir nada, o por decir muy poco. El reino de la cultura es el reino del equívoco, pero no digo esto como una acusación tanto como una descripción: recordemos que la cultura, al menos en su sentido general, refiere a las creaciones y significaciones humanas en el contexto de una necesaria restricción local, a la que se ha pretendido, por fuerza de la constricción teórica, despojar de todo posible vínculo con estadios más universales, o digamos globales, para evitar por lo pronto pronunciar — disertaré sobre este asunto más delante — alguna palabra tabú. El análisis cultural es siempre, pues, el análisis de la contingencia, de ahí su volatilidad. Partidarios feroces de la diferencia, los culturalistas[1] terminan por instalar un sistema de parcelas identitarias en las que replican con pasmosa precisión el absolutismo de sus tan odiados centros de poder tradicional. Una política de identidades es una derrota para todos.

La cultura es en todo caso encarnación. No se puede hablar de cultura donde los sentidos no se involucran; para el culturalista todo parte de una observación casual, casi desinteresada, de la vida humana bajo condiciones de cotidianeidad. La vida encarna en hechos concretos, históricos, dirigidos o padecidos por comunidades que se han vinculado por prácticas de goce o resistencia, según el decir de estos señores que apuntan todo en sus libretas, que importunan con entrevistas y que después se retiran para escribir muchos papers utilizando una jerga confusa que creo nadie, ni siquiera sus autores, puede entender del todo. Todo esto me parece muy bien, pero ¿qué más?

En el mundo de las humanidades, que es en el que me desenvuelvo, el análisis cultural ha suplantado a los tradicionales estudios filológicos. Esto ha devenido en una eclosión de supuestas especializaciones que ha alcanzado extremos que a mi juicio considero ridículos; pondré un ejemplo algo curioso. Hace casi quince años, más o menos, mientras conversaba con un amigo sobre estas cosas, mitad en serio y mitad en broma, coincidimos en la supuesta necesidad de aportar nuestro granito de arena al movimiento culturalista; ya que los dos somos personas que requieren urgentemente una dieta, coincidimos en que a partir de ese momento quedaban fundados los “Fat Studies”. Nos reímos y olvidamos el asunto, como era lógico. Pues bien, la semana pasada, otro amigo y colega que trabaja en Oregon y que desconocía por completo esta anécdota, me mandó por WhatsApp la foto de un cartel promocional, en él se anunciaba una clase con un nombre que me recordó todo esto: “Fat Studies”. ¿Qué es lo que mueve a estas personas a ponerse “creativos”? ¿Es acaso la omnipresencia del capitalismo imponiendo sus mecanismos de división del trabajo, promoción de bienes y servicios, oferta y demanda? ¿Es la duplicación acrítica de una tradición en la que han sido iniciados por una inercia pedagógica que se recicla a sí misma? ¿Es acaso, como dijo Lyotard en un grito que ya es famoso, el reclamo a un supuesto derecho a jugar interminablemente? ¿No será que, a falta de esos valores del espíritu, arrancados de raíz y lanzados al pozo de los “nuncajamás”, se ha hecho de la exploración intelectual un ejercicio tan frívolo como horizontal?

Me propongo indagar en la obsesión cultural de los académicos con los que debo convivir todos los días. Me anima, sobre todo, la voluntad de comprender y ejercer en el proceso una crítica que fomente la reflexión de conjunto en torno a nuestro oficio y, sobre todo, la promoción de una visión trascendente del mundo. Vivimos tiempos inciertos, tiempos en los que los totalitarismos se anuncian con grandes truenos y rayos, amenazando con esparcir su pestilencia por el mundo. Mucho de los comentaristas políticos que tratan de comprender la actual coyuntura se refieren a las condiciones económicas como las grandes causantes de esta alta marea del populismo; según sus cálculos, el capitalismo tardío no ha hecho sino generar una horda de seres marginales sin esperanza ninguna. La tecnología parece haber sustituido con incuestionable eficacia esos miles de brazos que ayer se afanaban en las fábricas y, en consecuencia, la reacción en las urnas no es otra cosa que un gesto de resentimiento y desprecio por ese sistema que no ha podido darse cuenta del descontento social acumulado. No descreo de este análisis, es más, lo suscribo, pero no considero que el empobrecimiento de ciertos sectores sea la causa de nuestro actual extravío democrático. Más allá de los determinismos materialistas debemos pensar en el extendido olvido de la nobleza de espíritu. Nietzsche decía, con la lucidez que lo caracteriza, que nada hay más temible que “el vaciamiento del sentido”, es decir, el hecho de que las palabras dejen de significar algo y que la vida se vuelva un puro andar en círculos sin más esperanza que la de la satisfacción -siempre limitada- del deseo de poder y placer. Si lo observamos con detenimiento, la reacción masiva de disrupción antidemocrática es sobre todo un arrebato vulgar, un gesto de fuerza casi física que busca suplantar con aspavientos las sutilezas de la razón. El nihilismo contemporáneo no es filosófico sino fisiológico: millones de personas se levantan sin más ánimo que el de vagabundear una jornada más de un lado a otro hasta que sea la hora de volver a la cama.

En las sociedades plurales del mundo globalizado se impone con más urgencia que nunca una reflexión abierta, que trascienda los coloquios universitarios e incida en la vida de los pueblos, que ocurre en las calles y avenidas de las ciudades y no en esos modelos teóricos que se discuten a media voz en los pasillos de las facultades. Es necesario comprender que, sin diálogo, en su sentido de aproximación y contraste, no es posible sostener un sistema que pretenda guiarse por los preceptos democráticos y liberales que han conseguido, qué duda cabe, el admirable desarrollo de las actuales sociedades que conformamos. Afirmar o tolerar sin cuestionar un concepto tan esencialmente diabólico como el de la “guerra cultural” es abonar el terreno para que nuevas malezas populistas crezcan en el futuro. Ahí donde se ha perdido el rumbo no es buena idea tratar de atajar el pánico fingiendo que no estamos perdidos: el principio de toda solución es siempre un diagnóstico preciso y valiente.

No creo que haya mejor manera de honrar las palabras que el usarlas para expresar lo que se siente y se piensa, renunciando con esto a los eufemismos y colocando las cartas abiertas sobre la mesa para que todos las vean: esto que lees ahora es un alegato liberal, analógico y humanista.

[1] Utilizo este término para referirme a las personas que dedican sus esfuerzos intelectuales a los llamados “Estudios Culturales”. Como se verá a lo largo de este libro, este término se refiere a académicos que escriben sobre múltiples tópicos sin que parezca existir un tramado teórico suficientemente diferenciado: el culturalista tiene una notable obsesión por la acumulación de conceptos y vocablos venidos de distintas disciplinas.

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